La verdad de la milanesa

Dicen que los viajes nos hacen ver. Un breve recorrido por la Provincia de Buenos Aires nos puede dar una idea de qué es lo que estamos comiendo.

feed lot 3

Hace poco estuve a unos 200 kilómetros de la Capital y vi vacas sin patas, enterradas hasta el abdomen en corrales de engorde, o como se llaman feed lots. Estas vacas no tenían manchitas negras como es usual en el imaginario de los niños, tampoco eran negras ni marrones, eran color barro, eran costra de ese barro en el que pisan y orinan. Periódicamente ese barro lo remueven porque se llena de bosta y llega un momento que es sanitariamente insostenible, incluso para estas vacas. La acumulación de sus excretas es de tal magnitud que genera oleadas de olor nauseabundo y moscas que llegan a la ciudad que está a pocos metros de los corrales y se respira en todos lados. Pero muchos de los que allí trabajan viven en la ciudad, pagando con su salud, el salario que perciben. Estas vacas no pisan pasto, ni caminan, cuentan los movimientos que pueden hacer dentro de los metros del corral. Estas vacas tampoco pastan sino que comen alimento balanceado de unos comederos. La mirada de las vacas nos solía transmitir calma, estas vacas no miran.

Feed lot 2

Cuando vuelvo del viaje me encuentro en una escena cotidiana en la que mi hijo señala una taza que tenemos con forma de vaca y me dice “muuuu”. Me pregunto cómo voy a explicarle a mi hijo que nuestras vacas ya no no tienen patas, ni caminan en las praderas, ni pastan, ni abonan la tierra con su bosta. Cómo le voy a explicar que esta manera de hacer carne para las milanesas es tan nociva para el tipo de esa localidad como para nosotros que nos comemos los antibióticos rebozados en pan rallado. Y sino díganselo a Messi que desde que cambió su dieta y dejó de comer carne, gaseosas y alimentos procesados dejó de vomitar y ganó masa muscular .

Antes nuestras vacas eran como las imagina mi hijo, hasta que el feed lot se volvió política de Estado para dejar lugar en la tierra a cultivos mas rentables y venenosos como la soja transgénica, para abaratar los costos de producción, para acelerar el engorde, para que cada vez podamos comer más carne más barata. Ojalá la soberanía alimentaria se volviera política de Estado y pudiéramos respondernos si comer esta carne nos hace más saludables.

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